Escuchar antes de recomendar
Cada consulta empieza por la pregunta que muchas veces nadie formula: cuénteme qué le pasa, desde cuándo, y qué está tomando. Lo demás llega después.
Una farmacia pequeña, estable, con las mismas manos detrás del mostrador casi desde que abrimos. Lo que sigue es una historia corta, porque tampoco hay mucho más que contar: hemos hecho lo mismo cada día y nos ha ido bien.
Nueva Esperanza abrió el 12 de marzo de 2001, un lunes, con cinco clientes en la primera hora y una máquina registradora que se atascaba cada diez minutos. Blanca Urgal Polo venía de trabajar en el Hospital Clínico y había decidido que quería una farmacia de calle, no de cadena. Eligió Moratalaz porque conocía el barrio desde pequeña: su tía vivía dos portales más arriba y ella había bajado a comprar el pan en esa misma avenida durante quince años.
El primer año fue lento. Había otra farmacia a doscientos metros y la gente, con razón, tardó en cambiar de sitio. Se fueron quedando los que encontraban aquí una conversación más larga y una explicación más clara. Hacia 2004 empezamos a preparar fórmulas magistrales para una pediatra del centro de salud de Pavones y eso cambió el ritmo: la trastienda se convirtió en un laboratorio pequeño pero serio.
En 2006 ampliamos el laboratorio; en 2012 entramos en la red de formación del Colegio de Madrid y desde entonces pasan por aquí cada curso dos o tres residentes. En 2018 empezamos a llevar la medicación a domicilio a vecinos mayores que no podían bajar solos.
“Una farmacia no es un sitio donde se venden cosas. Es un sitio donde alguien lee una receta con cuidado antes de dispensarla.”
Durante la pandemia mantuvimos horario completo. Llevamos medicación a 47 vecinos y preparamos más de seiscientas soluciones hidroalcohólicas siguiendo la fórmula de la OMS mientras no había gel en ninguna parte. Fue el tramo más duro y también el que mejor recordamos: el barrio devolvió lo que le habíamos dado durante veinte años.
En 2023 hicimos la única obra importante desde la apertura. Cambiamos el suelo, la iluminación y la rotulación, pero conservamos el mueble original de cajonería de la trastienda —de castaño, con los cajones etiquetados a mano— porque no queríamos que la farmacia dejara de parecerse a sí misma.
Apertura en la Avenida del Doctor García Tapia, sobre la que había sido una mercería desde 1964.
Ampliación del laboratorio de fórmulas magistrales con cabina de pesada y campana de extracción.
Incorporación a la red de formación del Colegio Oficial de Farmacéuticos de Madrid.
Servicio de atención a mayores a domicilio en el distrito de Moratalaz.
Renovación completa de la oficina. Se conservan los muebles originales de la trastienda.
No son eslóganes. Son reglas de la casa, escritas hace veinte años y revisadas cada septiembre.
Cada consulta empieza por la pregunta que muchas veces nadie formula: cuénteme qué le pasa, desde cuándo, y qué está tomando. Lo demás llega después.
No tenemos incentivos por marca. Recomendamos lo que conocemos y, cuando no sabemos, lo decimos y derivamos.
Preferimos diez conversaciones de diez minutos a cien ventas de un minuto. Es una decisión consciente que hemos mantenido durante dos décadas.
En el mostrador hay una zona discreta para consultas íntimas. Lo que se pregunta aquí no sale de aquí.
Revisamos cada interacción, cada posología y cada excipiente. Es el oficio y no se negocia.
“Cuando mi padre ya no podía bajar a la calle, Blanca subía la medicación los viernes. Nunca le pedimos nada. Un día empezó a hacerlo, otro día dejó de hacerlo porque mi padre ya no estaba. Es una farmacia, pero también es un barrio.”